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26 de Julio de 2014
Expedientes “X” de la Pampa Gringa - Historias de misterio con sabor local
Porque el odio continúa tras la muerte
Un herido en el cementerio despierta el interés de nuestro cronista
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Ilustración de las tumbas por Pedro Tumas

 

Uno
Semanas atrás, el diario de esta ciudad publicaba una nota titulada “Herido frente al cementerio en confuso episodio”. Tras leerla y sin que me haya producido mayor interés, la archivé junto a otros periódicos inservibles en el lavadero. Sin embargo, pocos días después y merced al llamado de un viejo colega, (un parapolicial al que llamaré “detective Siviski” para preservar su identidad y homenajear a su ídolo futbolístico) me vi obligado a exhumarla de aquella pila de papel viejo. Al releerla, entendí que aquel texto que en apariencia sólo describía un acto delictivo, revelaba a su contraluz un hecho escalofriante donde se daban cita energías oscuras. La copio a continuación, cambiando el nombre de los implicados mientras se investiga.
“En la madrugada de ayer, un hombre de 29 años fue herido frente al cementerio local. La víctima, identificada como Pedro Kurten, debió ser hospitalizada tras recibir un balazo en el hombro derecho. Aunque su estado no reviste gravedad, el hombre se negó a declarar. El incidente se registró alrededor de las tres, hora en que arribó la Policía tras un llamado de los vecinos. Los efectivos constataron lo ocurrido y aunque no pudieron establecer las circunstancias del tiroteo, especulan con un ajuste de cuentas entre bandas vecinas. De momento hay un solo detenido. Se trata de Elvio Lóriga de 47 años, oriundo de la ciudad de Rosario. Con familiares en Tercero Abajo, Lóriga es un acaudalado empresario. Y de no ser porque a esa hora merodeaba la zona portando un arma que podría haber sido la disparada sobre Kurten, no se hubiera podido establecer conexión alguna entre él y la víctima”.
 
Dos
Dos días atrás y habiéndome olvidado por completo de aquel artículo, recibía un llamado de Siviski. Hacía mucho que no hablábamos. Tres o cuatro años por lo menos. Desde los tiempos en que yo escribía en la sección Policiales del diario; tarea para la cual más de una vez requerí de sus servicios. “¿Qué hacés, loco de la guerra?” me había dicho por teléfono, fiel a su costumbre. Y tras los saludos y las preguntas de rigor, pasó a comentarme el motivo de su llamada. “Vi que ahora escribís sobre casos misteriosos en el diario y tengo una historia para vos. ¿Te interesa?”. Mi amigo no esperó mi respuesta (que por cierto ya conocía) y se despidió con un “te espero en una hora en la puerta del cementerio”. Cuarenta minutos después me había apostado bajo los pinos de la entrada. Por suerte, mi amigo fue puntual y nos instalamos en un banco.
“Si hay algo que nos une más allá de la amistad, es nuestro oficio en común -me dijo Siviski- porque vos desde el periodismo y yo desde la Policía tenemos la obligación de arrancar confesiones ¿no creés? -Mi amigo hizo una pausa, como si buscara la frase siguiente en el trazo de un gorrión que iba de un panteón a otro- ¿Te enteraste que hace unos quince días balearon a un tipo en esta puerta? Un tal Kurten -asentí con la cabeza-. Bueno, el tipo decía que no tenía idea de quién podía haberle disparado porque no tiene enemigos. Se lo creí a medias. Lo que no pude creerle es que a esa hora tenía una cita con una mujer. Así que le prometí dejarlo en libertad si me contaba la verdad. Necesitamos cerrar el círculo de los tiroteos entre bandas barriales, le dije. Lo pensó un rato y al final me dijo: Estoy dispuesto a colaborar con usted, detective; pero la historia que le voy a contar nada tiene que ver con bandas barriales. A lo mejor no me va a creer pero necesito que me deje en libertad. ¡Tengo que mantener a mi familia y no hice nada grave! Acá tengo la grabación” dijo mi amigo. Y puso play. Transcribo la confesión de Kurten según el limitado alcance de mi memoria.
 
Tres
“La señora hizo que la Andrea volviera conmigo. Eso fue hace dos años. La Andrea me había dejado porque no quería seguir con un vago y delincuente. Así me dijo. Y cuando se enteró que había robado placas del cementerio para venderlas en una fundición, me dijo una palabra que no entendí nunca: hereje. Y se fue con la nena a lo de su padre. Al poco tiempo vivía con un empleado municipal y se la daba de señora la muy promiscua (acá Kurten usaba otra palabra). Pero La señora me dijo que me la hacía volver si le hacía dos trabajitos. El primero era para mí y el segundo para ella. Así fue como me habló. El trabajito mío era conseguir un mechón de pelo de la Andrea y una prenda de vestir del empleado. Después, una foto de los dos juntos. Por suerte, la nena me consiguió todo. A la foto la tenía que romper al medio separando las caras y enterrarla con el mechón y la prenda bajo unas tumbas que hay en Villa Nueva, las tumbas paradas ¿las conoce? Bueno, esas tumbas fueron de unos primos a los que habían obligado a casarse y un día antes de la boda se suicidaron. Al final, para salvar las apariencias, los familiares los enterraron en tumbas pegadas; como si quisieran decirle a la sociedad que el casamiento se hacía igual y que la dignidad de aquellos nombres seguía de pie aún después de esta vida. Lo curioso es que a la semana, la tumba de la chica se fue separando de la del primo. Porque el odio continúa tras la muerte, me dijo la señora. Como conocía bien los cementerios, salté la reja. Y una vez entre las tumbas cavé como dos horas. Hasta que puse el mechón de la Andrea abajo de la tumba de la esposa y un pañuelo del empleado bajo el nicho del esposo; cada cosa con la mitad del rostro cortado de la foto. Pero el otro trabajo era mucho más difícil. Tenía que abrir el panteón de la chica Acuña que se había muerto hacía pocos días de cáncer, y poner una prenda íntima de otra mujer con una foto. La señora me dijo que la mujer de la foto era una mujer desalmada. Y me contó que la energía de un cuerpo que acaba de morir de una enfermedad incurable o algún accidente o alguna desgracia, es la más poderosa para exterminar a otra persona. Sobre todo si la prenda está empapada de algún aroma o jugo íntimo. Encontré fácil el cajón porque era el único nuevo en esa chacarita. Estaba recostado sobre un mesón de cemento. Y no le puedo explicar el olor que despidió cuando lo abrí. Y menos la cara que tenía la chica Acuña. Estaba verde y huesuda como una calavera podrida. Yo no le creía del todo a la señora eso del poder, pero estaba desesperado. Así que dejé la foto y el calzón de la mujer y cerré el ataúd. ¿Qué más podía hacer? Pero a los pocos días empecé a cambiar de opinión. La Andrea volvió a casa y me pidió perdón, me dijo que me amó siempre, que su partida fue un error y nos metimos en la cama toda la noche (acá, Kurten usó el plural de otro verbo). Yo cambié, detective. Le juro que cambié. Empecé a trabajar, a conseguir changas y un día le hice un trabajito a un concejal y me nombraron jardinero de la plaza. No cabía en mí de la alegría. Desde ese entonces, sólo tuve un sobresalto de amargura. Fue la tarde en que vi a una mujer moribunda por la calle. Tenía la piel verdosa y podrida, como comida por la enfermedad y los gusanos. Le vi cara conocida y recién a la noche me di cuenta que era la desalmada. Pero no quería pensar más en eso ahora que estaba siendo feliz, ahora que la Andrea había vuelto a casa y planeábamos tener otro hijo”.
 
Cuatro
“Sólo que hace una semana (continúa la grabación) la señora me volvió a llamar. Me dijo que el ex de Andrea se había contactado con ella y quería volver; que estaba dispuesto a pagarle lo que sea. Pero vos tenés la prioridad Pedro, vos sos mi cliente y mi ayudante. Sólo te voy a pedir a cambio un trabajito de aquellos. Tenía que ir al cementerio (a este cementerio, me explicó Siviski señalando los alrededores) y abrir el panteón de la familia Lóriga. Ahí, un hombre de setenta años se había muerto de leucemia hacía muy poco. No tenés más que dejar un calzoncillo y una foto adentro… Bueno, vos ya sabés… ¿Qué otra cosa podía hacer? La noche que entré al nicho, vi para mi sorpresa dos cajones flamantes y no supe cuál era el correcto. Pero cuando abrí el primero, casi me quedo sin aire. Adentro había una mujer completamente desnuda, tan hermosa y tan bien formada (acá Kurten se refería a la occisa con un aumentativo de la hembra del caballo) que no lo podía creer… El cuerpo estaba tibio todavía, como si durmiera. Le juro detective que pocas veces sentí una excitación tan grande. Y lo que hice… Bueno, me da mucha vergüenza contárselo pero no me pude controlar… Me desvestí, me saqué el anillo de matrimonio porque no podía hacerle eso a Andrea después de todo lo que pasamos, y me subí encima de la mujer. Quiero decirle que al final me quedé dormido y cuando me desperté, amanecía. Así que me vestí apurado, abrí el otro cajón, y ahí vi efectivamente al muerto de leucemia, un hombre demacrado hasta los huesos que olía a peste. Y entonces dejé la foto. El problema fue que al llegar a casa, me di cuenta que me había olvidado el anillo en el cajón de la mujer. Casi me vuelvo loco. Durante todo el día no me hice ver con la Andrea. Y cuando se hizo de noche, volví al cementerio. Por eso le dije lo de la cita. Pero cuando iba a entrar al panteón, casi me muero de un infarto. ¡Un hombre salió de adentro! El hombre me apuntó con un arma y me dijo quédate quieto o te quemo. Pero yo empecé a correr y alcancé a saltar la tapia. El tipo me tiró entre las rejas y ahí fue cuando caí. Me acuerdo que mientras ese loco intentaba saltar, empezó a venir gente. Creo que eso fue lo que me salvó. Y entonces se me cerraron los ojos…”
 
Cinco
Ahí se terminaba la grabación de Siviski. Mi amigo apagó el aparato, dejó que los gorriones cantaran tras las tumbas, y me preguntó qué pensaba. No le contesté. Y entonces él mismo respondió. 
“Te voy a decir lo que pienso o mejor, lo que pensaría si fuera un policía común: que este tipo quiere zafar con una historia fabulosa de un delito de guerra entre bandas. Y si no fuera por lo que acabamos de descubrir hoy, te juro que lo hago encanutar”. “¿Qué descubrieron?” le pregunté. Parece que anteayer trajeron al panteón familiar una muerta flamante; una tal Sara, hermana de Lóriga. La mujer era muy hermosa y fue encontrada por el marido en flagrante delito de infidelidad en su propia cama. Y la mató de un balazo a quemarropa. Como se trata de una familia muy tradicional de Rosario, para evitar el escándalo la enterraron acá, en el panteón de unos parientes. El hermano todavía la lloraba. Y cuando al otro día del sepelio vino a cambiar las flores, descubrió que el ataúd estaba abierto y ultrajado… Ya sabés, con unas manchas encima que no hace falta que te las describa… Así que pensó que el violador vendría por más carne; al menos mientras aquel monumento de materia orgánica siguiera fresco. Y por más que Lóriga se equivocaba en el “objetivo” -Kurten ya no buscaba “carne” sino un anillo- su silogismo le dio la razón porque el delincuente volvió. Sin embargo, parece que el poder de la señora seguía intacto; porque aquella sortija olvidada en el interior del cajón casi lo hace morir de la misma muerte fatal que a Sara”. Le pregunté cuál es la prueba que tenía de que Kurten no mintió. Y  mi amigo, sacando un sobrecito de plástico del bolsillo me dijo: “Acá la tenés”. En el interior había un anillo de oro: Pedro y Andrea, 25 de julio de 2008, decía. “Es la fecha del casamiento” me aclaró mi amigo sin ninguna necesidad. Además de eso, se está analizando el ADN de las manchas sobre la chica, pero me dijeron casi con certeza que será positivo. 
“¿Y la señora?” pregunté. “Ese es el tema principal de la investigación. La estamos buscando denodadamente pero Kurten se niega a colaborar. Dice que prefiere pasar veinte años en el calabozo o morir antes de buchonearla. Eso fue lo que me dijo ayer. Y también me dijo algo que no está grabado pero te lo repito yo: “Además del trabajito de los Lóriga, la señora me pidió una foto de mi nena y una cintita del pelo. Me dijo que eran como prenda. Y yo estaba tan desesperado que se las di, detective… ¡Estaba tan desesperado que como un gil se las di!...”
Iván Wielikosielek
Especial

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