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22 de Julio de 2014
Creencias populares que son totalmente falsas
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Un por­tal de web es­pe­cia­li­za­do de­sen­tie­rra su­pues­tas ver­da­des y las de­ja al des­cu­bier­to. La in­fluen­cia de la lu­na, el cru­jir­se los nu­di­llos, los ra­yos, los chi­cles y có­mo usa­mos el ce­re­bro.                                                              

Los oí­mos de vez en cuan­do y se nos que­dan gra­ba­dos con cier­ta fa­ci­li­dad. Son los mi­tos de su­pues­tas ver­da­des cien­tí­fi­cas que se sue­len creer y que son fal­sas, y que en es­te ca­so han si­do re­co­gi­dos por "ifls­cien­ce­.com".
1 - Usa­mos só­lo el 10% del ce­re­bro
Que­da mu­cho por sa­ber acer­ca del ce­re­bro, pe­ro lo que pa­re­ce cla­ro es que la idea de que só­lo usa­mos el 10% del ce­re­bro es fal­sa. Te­nien­do en cuen­ta que es un ór­ga­no que tie­ne unas al­tí­si­mas de­man­das ener­gé­ti­cas, con sus cer­ca de dos ki­lo­gra­mos de pe­so me­dio, re­quie­re el 20% del oxí­ge­no y de la glu­co­sa del cuer­po, no ten­dría mu­cho sen­ti­do que la evo­lu­ción hu­bie­ra per­mi­ti­do que un sis­te­ma tan ca­ro se de­sa­pro­ve­cha­ra.
Ade­más, los dis­pa­ros, cán­ce­res y de­más le­sio­nes pa­re­cen no afec­tar ca­si nun­ca a esas mis­te­rio­sas y mí­ti­cas par­tes del ce­re­bro que no se usan. Sin em­bar­go, no to­das las zo­nas del ce­re­bro es­tán ac­ti­vas en un mis­mo ins­tan­te, pe­ro se van uti­li­zan­do a lo lar­go del día.
2 - La Lu­na lle­na afec­ta al com­por­ta­mien­to
No pa­re­ce que la Lu­na lle­na pue­da con­ver­tir­nos en po­ten­cia­les ase­si­nos, sal­vo que ten­ga­mos san­gre de li­cán­tro­po, cla­ro. Se­gún las evi­den­cias en­con­tra­das has­ta el mo­men­to, los ho­mi­ci­dios, la vio­len­cia, las no­ches en ve­la y la al­te­ra­ción del com­por­ta­mien­to no tie­nen que ver con el sa­té­li­te de la Tie­rra ni con un su­pues­to efec­to mag­né­ti­co so­bre nues­tros lí­qui­dos ce­re­bra­les.
En las oca­sio­nes en que se han es­tu­dia­do es­te fe­nó­me­no, no se ha en­con­tra­do co­rre­la­ción en­tre el la Lu­na lle­na y to­dos es­tos com­por­ta­mien­tos. En los ca­sos en los que los ni­ve­les de cri­men pa­re­cen ex­pe­ri­men­tar un au­men­to ba­jo la Lu­na lle­na, se sue­le dar la cir­cuns­tan­cia de que coin­ci­den con los fi­nes de se­ma­na o las va­ca­cio­nes.
3 - El azú­car po­ne hi­pe­rac­ti­vos a los ni­ños
La cul­tu­ra po­pu­lar sue­le creer que una bue­na for­ma de ha­cer más re­vol­to­sos y rui­do­sos a los ni­ños es ati­bo­rrar­los de tor­tas y ga­seo­sas. Pe­ro lo cier­to es que no se han en­con­tra­do prue­bas de que sea así. Pa­re­ce ser que los ni­ños gri­tan y se mue­ven más en los cum­plea­ños y en las fies­tas sen­ci­lla­men­te por­que jue­gan con otros ni­ños y se ex­ci­tan, o bien por­que be­ben re­fres­cos con ca­feí­na.
A pe­sar de to­do, el con­su­mo de azú­car de­be ser li­mi­ta­do pa­ra evi­tar pro­ble­mas de obe­si­dad, hi­per­ten­sión, dia­be­tes y al­gu­nos ti­pos de cán­cer.
4 - Los ra­yos no caen dos ve­ces en el mis­mo si­tio
De acuer­do con la "sa­bi­du­ría po­pu­lar", un ra­yo no cae dos ve­ces en el mis­mo si­tio. Así que si te cae un ra­yo en la ca­be­za y so­bre­vi­vís, lue­go po­drás pa­sear­te por el cam­po ba­jo la tor­men­ta sin que te pa­se na­da. Aun­que lle­ves un cas­co me­tá­li­co en la ca­be­za.
Co­mo es evi­den­te, los ra­yos no lle­van un re­gis­tro de las caí­das de sus eléc­tri­cos com­pa­ñe­ros. Se "de­jan lle­var" por las di­fe­ren­cias de po­ten­cial y tien­den a des­car­gar su ener­gía elec­tros­tá­ti­ca en los pun­tos más al­tos, ya sea un ras­ca­cie­los o un ár­bol. Por ello, una tor­men­ta pue­de des­car­gar su ira va­rias ve­ces so­bre un mis­mo ár­bol si es­tá muy ex­pues­to.
Un es­tu­dio de la NA­SA de 2003 en­con­tró que la ter­ce­ra par­te de los ra­yos que to­ca­ban tie­rra lo ha­cían en va­rios pun­tos al mis­mo tiem­po. O sea, no só­lo pue­den caer ra­yos va­rias ve­ces en el mis­mo si­tio, si­no que a ve­ces los ra­yos caen en va­rios lu­ga­res en el mis­mo mo­men­to.
5 - El pe­lo y las uñas cre­cen des­pués de muer­to
Por suer­te pa­ra los di­se­ña­do­res de ataú­des, sar­có­fa­gos y de­más mo­bi­lia­rio fú­ne­bre, es­to no es cier­to. Lo que ocu­rre es que la piel de los di­fun­tos se se­ca y se re­trae, con lo que pue­de dar­se el efec­to de que el pe­lo, la bar­ba y las uñas si­guen cre­cien­do.
Pa­ra que crez­can, las cé­lu­las tie­nen que se­guir ac­ti­vas, con­su­mien­do ener­gía y ob­te­nien­do nu­trien­tes a tra­vés del to­rren­te san­guí­neo. Y es­to só­lo pa­sa cuan­do es­ta­mos vi­vos.
6 - Los an­ti­bió­ti­cos sir­ven pa­ra el res­fria­do
Los an­ti­bió­ti­cos no sir­ven de na­da con­tra el res­fria­do, ya que es­tá cau­sa­do por vi­rus y los an­ti­bió­ti­cos, por de­fi­ni­ción, só­lo pue­den ata­car a las bac­te­rias. Pa­ra ha­cer­se una idea, una bac­te­ria es una pe­que­ña cé­lu­la que lle­va a ca­bo to­das las fun­cio­nes bá­si­cas y un vi­rus es más bien co­mo un pe­que­ño ve­hí­cu­lo que trans­por­ta al­gu­nos ge­nes pa­ra in­fec­tar a otras cé­lu­las.
Así que los an­ti­bió­ti­cos na­da pue­den ha­cer con­tra la gri­pe, el SIDA, la vi­rue­la, los ca­ta­rros y to­da la de­más ba­te­ría de en­fer­me­da­des re­la­cio­na­das con vi­rus. Ade­más, to­mar­los tie­ne dos efec­tos se­cun­da­rios di­rec­tos y po­ten­cial­men­te gra­ves. Por un la­do se fa­vo­re­ce la re­sis­ten­cia de las bac­te­rias que po­drían ser per­ju­di­cia­les, de for­ma que en el fu­tu­ro ese mis­mo an­ti­bió­ti­co no ser­vi­rá pa­ra da­ñar­las, y por otro se ata­ca a la flo­ra in­tes­ti­nal, tan im­por­tan­te pa­ra el fun­cio­na­men­to del sis­te­ma in­mu­ne y la di­ges­tión.
Se­gún el CDC, los mé­di­cos ha­cen 10.000 mi­llo­nes de re­ce­tas pa­ra an­ti­bió­ti­cos ca­da año pa­ra en­fer­me­da­des de ori­gen vi­ral. En lu­gar de es­pe­rar va­rios días a que los la­bo­ra­to­rios de­ter­mi­nen si la en­fer­me­dad tie­ne un ori­gen vi­ral o bac­te­ria­no, pre­fie­ren man­dar­le al pa­cien­te un re­me­dio que pue­de no ser­vir pa­ra na­da e in­clu­so ser da­ñi­no.
7 - Los chi­cles se pe­gan al in­tes­ti­no
Tra­gar­se un chi­cle pue­de te­ner con­se­cuen­cias... ino­cuas. Sal­vo que nos tra­gue­mos mu­chos al mis­mo tiem­po. Ca­so en el que pue­den pe­gar­se a otros ob­je­tos no di­ge­ri­bles (mo­ne­das, se­mi­llas, etcétera) y fo­mar un ta­pón en el in­tes­ti­no que nos lle­va­ría al mé­di­co.
Cuan­do lle­gan al sis­te­ma di­ges­ti­vo, apar­te de una pe­que­ña can­ti­dad de edul­co­ran­tes y aro­mas, la ma­yor par­te del chi­cle no se pue­de di­ge­rir, pues­to que es­tá he­cho de go­mas y acei­tes ve­ge­ta­les in­di­ge­ri­bles. Por eso son ex­pul­sa­dos al ex­te­rior sin ha­ber si­do muy mo­di­fi­ca­dos.
8 - Cru­jir­se los de­dos pro­vo­ca ar­tri­tis
De mo­men­to, los es­tu­dios no han con­se­gui­do en­con­trar una re­la­ción en­tre el há­bi­to de cru­jir­se los de­dos o los nu­di­llos y la apa­ri­ción de ar­tri­tis. Y no se­rá por­que ­no se ha­ya in­ten­ta­do. En 1998 Do­nald Un­ger pu­bli­có un ar­tí­cu­lo en el que de­cía ha­ber es­ta­do cru­jién­do­se los nu­di­llos de su ma­no iz­quier­da pe­ro no los de la de­re­cha du­ran­te 60 años. En 2009 su sa­cri­fi­cio le va­lió ga­nar el pre­mio Ig No­bel, que pre­mia los "des­cu­bri­mien­tos" inu­sua­les e ima­gi­na­ti­vos que ha­cen reír y pen­sar a la gen­te.
Pe­ro en­ton­ces, ¿por qué sue­nan? El cen­tro Jonh Hop­kins de Me­di­ci­na ex­pli­ca en su pá­gi­na web que el cru­ji­do apa­re­ce cuan­do las cáp­su­las de lí­qui­do si­no­vial, que amor­ti­guan la se­pa­ra­ción en­tre los hue­sos de mu­chas ar­ti­cu­la­cio­nes, co­mo la mu­ñe­ca, la ro­di­lla o los de­dos, vuel­ven a su po­si­ción ori­gi­nal. Se­gún di­cen, al cru­jir­se una ar­ti­cu­la­ción lo que ocu­rre es que la pre­sión "es­tran­gu­la" la cáp­su­la y que, al fi­na­li­zar la fuer­za, vuel­ve a su po­si­ción ori­gi­nal y el lí­qui­do y las pa­re­des dan un "la­ti­ga­zo" que se pue­de oír.
Eso sí, cuan­do due­la cru­jir­se los de­dos con­vie­ne ir al mé­di­co, por­que po­dría ha­ber da­ños en esa ar­ti­cu­la­ción.

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